domingo, 27 de noviembre de 2016

Y ahora… nada

Y ahora… nada
Una ironía del destino es que quien redujo el consumo de sus súbditos a
niveles de supervivencia haya muerto justamente un Black Friday, la
fiesta del consumo
Luis Manuel García Méndez, Houston | 26/11/2016 4:56 pm

Desde que salí de Cuba, en 1994, la pregunta que más veces me han
formulado es ¿qué pasará cuando muera Fidel Castro? Desde entonces han
sido muchas las posibles respuestas, hasta llegar a la noche de hoy en
que ocurrió lo que García Márquez, su gran amigo, llamaría Crónica de
una muerte anunciada.
Cuando se vio obligado a abandonar en 2006 lo único que amó en esta
vida, el poder, comenzó una década de agonía, aderezada con sus
"Reflexiones", donde el político brillante que imantaba a las multitudes
y seducía a una buena parte de la progresía mundial, demostró, palabra a
palabra, su imparable deterioro intelectual. Posiblemente no haya en la
historia universal un registro tan minucioso del retroceso mental,
materia de estudio para los psicólogos del porvenir.
Instalado desde siempre en la desmesura, el hombre que no dudaba en
cometer discursos de seis o siete horas, el que instó a Kruschov, desde
una pequeña isla, a iniciar el apocalipsis nuclear, sufrió una agonía
también desmedida y la peor de sus pesadillas: contemplar su progresivo
viaje hacia la intrascendencia, como ese antiguo mueble que heredamos de
los abuelos y que nadie sabe dónde poner cuando empezamos a cambiar la
decoración de la casa.
Una ironía del destino es que quien redujo el consumo de sus súbditos a
niveles de supervivencia haya muerto justamente un Black Friday, la
fiesta del consumo, como si su deceso colaborara en la venta de
periódicos y especiales noticiosos con sus interminables cuotas de
publicidad. Su muerte, que acapara hoy las portadas de todos los
periódicos, comparte protagonismo con las ofertas especiales de Amazon,
Walmart y El Corte Inglés.
Posiblemente a esta hora de la madrugada se estarán descorchando
botellas largo tiempo añejadas en algunas casas cubanas (de cualquier
geografía) y en otras (de cualquier geografía) se llorará la partida del
Querido Líder, para decirlo en términos norcoreanos. Un suceso que
quince años atrás habría sido inquietante, o que plantearía incógnitas
difíciles de responder, es hoy intrascendente.
Si alguien me preguntara hoy que pasará cuando muera Fidel Castro, le
respondería, sencillamente, nada. En realidad, Fidel Castro lleva muerto
al menos un lustro. Como en el caso de Lenin, lo que quedaba de él era
un cuerpo momificado y una serie de manuscritos que, en la mejor
tradición de los escritores y sus viudas, seguían rescatando de las
papeleras en un intento de rentabilizar al difunto, si no económica, al
menos políticamente.
Cuando era pequeño, mi hijo llamaba al televisor "La casa de Fidel
Castro". En su ingenuidad (que quizás fuera una precoz sabiduría) creía
que aquel señor barbado que hablaba sin cesar vivía dentro de la caja.
Eso es Fidel Castro para el 70 % de los cubanos que han crecido con su
imagen omnipresente, aunque poco a poco su influencia ideológica se
fuera reduciendo a la de otros elementos del paisaje como las palmas
reales, las ceibas o el marabú.
Si de nuevo alguien me preguntara qué pasará cuando muera Fidel Castro y
no se conformara con un simple "nada", y exigiera explicaciones, le
aclararía que durante los últimos años su hermano Raúl se ha encargado
de ir desmontando pieza a pieza el sistema de subordinación absoluta a
su persona que caracterizó el reinado de Fidel. Porque este último
decenio ha sido un lento y dubitativo retorno al capitalismo de 1958,
aunque sin su eficiencia, y con la pretensión de conservar el monopolio
del poder, eso sí, al mejor estilo familiar.
La única pregunta que nos queda por responder, y es algo de lo que nos
enteraremos en los próximos meses, es si los retrocesos, indecisiones y
timidez de las reformas raulistas ocurrieron motu propio o por
intersección divina, es decir, de su hermano, quien, aun agonizante,
seguía siendo el ángel tutelar del eterno secundario. Es decir, lo único
importante que ocurrirá tras la muerte de Fidel Castro en que sabremos,
por fin, quién es verdaderamente Raúl Castro (aunque ya lo sospechemos).
Tanto sus enemigos acérrimos como su club de fans coincidirán en que
Fidel Castro ocupa ya un lugar en la historia del siglo XX, aunque
quizás no sea el sitio que él habría deseado. Tiempo al tiempo, la
historia suele colocar a cada uno en su lugar. También coincidirán,
amigos y enemigos, en que sin Fidel Castro Cuba sería menos conocida
internacionalmente y los cubanos, posiblemente, más felices.
Sus incondicionales situarán entre sus éxitos los sistemas de enseñanza
y salud que acogen a toda la población, y culparán de su actual declive
al imperialismo o al clima. Sus críticos alegarán que los cubanos no
siempre estamos estudiando o enfermos.
Otros legados de su mandato son una policía política extraordinariamente
eficiente, el récord de longevidad entre las dictaduras de un continente
pródigo en dictaduras y la universalización de lo cubano: dos millones,
la quinta parte de los cubanos que pueblan el planeta, habita fuera de
la Isla que un día fue el primer exportador mundial de azúcar y hoy es
solo el primer exportador mundial de cubanos.
Todo panegírico relaciona in extenso las obras y virtudes del finado, y
este texto no podría ser menos, aunque los lectores me permitirán
autocitarme. El 31 de octubre de 2007 publiqué en la revista Letras
libres un artículo que se refería, justamente, al legado de Fidel
Castro: "El ego como arquitectura".
En ese artículo decía que Fidel Castro compartió rasgos con muchos de
sus homólogos: histriónico como Mussolini, a quien recuerda en su
oratoria enfática, repetitiva y didáctica; tenía una noción mesiánica
equivalente a la de Hitler; como Stalin, carecía de escrúpulos y estaba
dispuesto a cualquier desmán para conservar el poder; fue tan hábil en
el arte de la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao, y, además,
ejerció de líder planetario, síndrome que raras veces ataca a los
caciques de naciones pequeñas.
Sin embargo, a pesar de que durante medio siglo dispuso a su albedrío
del presupuesto de la nación y de las ayudas internacionales, cuantiosas
durante la mitad de su reinado, más que como un constructor, Fidel
Castro se comportó como una brigada de demoliciones encargada de
derribar las ciudades, especialmente La Habana, con la perseverancia de
un Pol Pot en tempo de bolero.
Ni siquiera, como sus amigos Saddam o Gadaffi, Fidel Castro levantó sus
propios palacios. Prefirió ocupar y remodelar las mansiones abandonadas
por la burguesía en fuga. Es cierto que se han edificado insultos
urbanísticos, al estilo de Alamar, en casi todas las provincias, y que
muchos podrían defender con sobradas razones su carácter emblemático,
pero yo soy más piadoso y prefiero pasarlos por alto. Por otra parte, la
restauración selectiva de La Habana Vieja es apenas la (presunta)
recuperación de una memoria arquitectónica colonial, no solo ajena, sino
en franco contraste con la (presunta) ideología revolucionaria. Los
Chevrolets y Cadillacs de los 50 que ruedan por esas calles redondean
una escenografía al servicio de los turistas, quienes se sumergen en un
espacio virtual donde la Revolución no ha llegado ni, invocando a Carlos
Puebla, el "Comandante mandó a parar" y donde, por tanto, no "se acabó
la diversión". El espejismo no prueba la existencia del oasis. Ningún
turista, desde luego, aceptaría un tour por los centrales azucareros
desmantelados, por las escuelas en el campo, como barcos clónicos
encallados en los naranjales, o la visita a los restos fósiles de la
central atómica de Juraguá, que nunca procesó (para nuestro alivio) un
gramo de uranio. La Revolución que en su día vendió sobre planos la
arquitectura del porvenir, ofrece ahora al contado un pasado de diseño.
Durante medio siglo, Fidel Castro dilapidó enormes sumas en costear una
agenda política de gran potencia —promover la insurgencia, comprar
conciencias y perpetrar invasiones en tres continentes. Lo que quedaba,
se destinó a una industrialización dependiente y obsoleta de nacimiento,
y a desarbolar el país para convertirlo en un megalatifundio agrícola
que, a pesar de las inversiones en maquinaria y productos químicos,
nunca satisfizo la demanda. La universalización de la enseñanza, la
atención médica y la hipertrofia militar son los grandes rubros del
país. Pero el esmirriado cuerpo de la nación es incapaz de sostener una
cabeza hidrocefálica y unos puños como mandarrias de cinco kilos.
Mientras, las ciudades han involucionado hacia ruinas sin la grandeza
del Coliseo romano. Pero la indigencia arquitectónica no se debe a la
falta de medios. El líder cubano disponía de una contabilidad paralela
que sufragaba sus caprichos: batallas de ideas, rescate de Elianes,
campañas internacionales, e incluso, a fines de los 80, construir todo
un polo científico con varios centros de investigación sin, como se
dijo, "afectar el presupuesto nacional" —las arcas del Comandante se
nutrían de la divina providencia.
¿Fue acaso voluntad de Fidel Castro, político narcisista, prendado de su
propia imagen, legar a la posteridad un paisaje de ruinas? La respuesta,
como los buenos cócteles, puede tener varios ingredientes.
El primero, su odio a una alta sociedad habanera que nunca lo aceptó
como a un igual y que desapareció rumbo al Norte abandonando la ciudad a
su merced. Y Fidel Castro no perdona. Ni a una ciudad a la que
pretendió, incluso, arrebatar la capitalidad del país. Ni a un antiguo
camarada que decidió abandonar el séquito de incondicionales —Huber
Matos, Mario Chanes de Armas—; ni al que demuestre la incompetencia del
líder —Arnaldo Ochoa, estratega que ganó la guerra de Angola desoyendo
las instrucciones de Castro; el ministro del Azúcar Orlando Borrego,
tras vaticinar en 1970 el fracaso de la Zafra de los Diez Millones—; ni
al carismático que robe cámara y protagonismo a la prima donna —Camilo
Cienfuegos, Ernesto Guevara—; ni a un jefe de Estado que no le conceda
la jerarquía que él mismo se atribuye —Eisenhower, Kruschov—; ni
siquiera a un médico, un escritor o un deportista que "deserte" del
cuartelillo nacional. No es raro que no perdonara a una Habana pecadora
y frívola, pero donde los combatientes clandestinos, y no los
guerrilleros de la Sierra, donaron la mayor cuota de mártires.
El segundo ingrediente es su condición de no-estadista. Hitler soñaba
con mil años de Tercer Reich, aun sin su presencia, y Albert Speer
diseñó la capital del imperio. Fidel Castro desmanteló el Estado
republicano y, como nunca estuvo dispuesto a someter su poder personal
al imperio de instituciones que lo limitarían, se resistió a crear una
estructura institucional, ni siquiera para que perpetúe su régimen. Fue,
eso sí, un político atento a la conservación del poder absoluto a costa
de la felicidad y el bienestar de los cubanos; a costa de abolir y luego
trucar la democracia. Optó por el voluntarismo y la improvisación como
leyes supremas de la república, con periódicos cambios de rumbo: obras a
medias, proyectos inconclusos, imposible planificación a largo plazo,
recursos al servicio de la política o de la "iluminación" de turno.
Disfrutó del poder más absoluto hoy, ahora, y si no edificó el porvenir
fue porque siempre lo supo un territorio ingobernable.
El último componente del cóctel es la inflación de su ego. Desde muy
temprano, Cuba no fue su objetivo, sino su plataforma de despegue
internacional. La tribuna desde donde proyectar sus ambiciones, primero,
continentales, y luego, universales. Cuba fue, también, su alcancía
—fondos propios o depositados por los "países hermanos", desde la Unión
Soviética hasta Venezuela— para costear su agenda de gran potencia: un
servicio de inteligencia y de relaciones internacionales hipertrofiados;
la adquisición de intelectuales, sindicalistas, políticos e incluso
gobiernos dóciles; la promoción de la insurgencia; la implementación de
campañas internacionales, y, llegado el caso, las invasiones —armadas y
desarmadas— para crear o consolidar zonas de influencia.
Fidel Castro comenzó a edificar el monumento a sí mismo en la mente de
los cubanos pero, en la medida que se fueron desencantando —hasta el
punto de aguardar su muerte como quien espera a que escampe la Historia,
venga la inclemencia que venga—, exportó la obra a la mente de una
extensa y difuminada red de fans que rentabiliza su discurso
reivindicativo sin padecer su práctica totalitaria. Construyó un poder
que rebasaba con mucho los límites de la Isla, y una imagen, una
mitología, cuidadas hasta el detalle. Ese ha sido, con diferencia, el
mayor éxito de su mandato. Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro es
la única obra perdurable de Fidel Castro.
Google arroja 23.400.000 entradas para "Fidel Castro"; cinco veces más
que las de "Gorbachev" (4.810.000) y veinticinco veces más que las de
"Mao Zedong" (641.000). Aunque todavía es superado con creces por los
36.000.000 de entradas de "Stalin".
El Comandante no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo
monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional de
un país, ni un ideario o un Manual de Instrucciones para los fidelistas
del porvenir —no hay Libro Rojo, ni Idea Juche, ni ¿Qué hacer?
leninista, ni Mein Kampf—. Su programático alegato, La historia me
absolverá, ya no se reedita, y sus infinitos discursos, acompasados a
los vaivenes de la coyuntura política, se han convertido en arte
efímero, y algunos están clasificados como lectura restringida,
herética, en la hemeroteca nacional. Si acaso, aunque menguante en su
vigencia, la única obra publicada por Fidel Castro que se ha perpetuado
hasta nuestros días es la Libreta de Abastecimientos, el documento más
emblemático de este medio siglo.

Source: Y ahora… nada - Artículos - Opinión - Cuba Encuentro -
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/y-ahora-nada-327807

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