domingo, 20 de noviembre de 2016

Desfile después de “la batalla”

Desfile después de "la batalla"
Las tropas, tanques y cañones volverán a la Plaza de la Revolución el 2
de diciembre, como parte del empeño, por parte del Gobierno cubano, de
perpetuar el pasado
Alejandro Armengol, Miami | 20/11/2016 11:24 am

Hasta el momento el Gobierno cubano ha sido incapaz de superar lo que
podría llamarse una "dictadura imperfecta", y necesita ajustes de forma
constante. Por décadas ha mantenido y desarrollado un eficiente aparato
represivo, cuya actuación permite una comparación simple: la incapacidad
para producir bienes corre pareja con la eficiencia para generar
detenciones. Sin embargo, no basta con ello. En ocasiones tiene que
reinventar o sacar del baúl viejas tácticas —gastadas, pero al parecer
aún efectivas— de intimidación y distracción. Toda la atmósfera de
"ambiente de guerra", que en la actualidad se vive en la Isla —más
mediática que militar—, responde a dos propósitos: reafirmar que el
inmovilismo político se mantiene, más allá de ligeras transformaciones
económicas, y desempolvar el pasado para otorgarle una presencia
permanente. Nada mejor a estos objetivos que el desfile militar
anunciado para el 2 de diciembre.
Mientras el país se arrastra entre la necesidad de que se multipliquen
supermercados, viviendas y empleos, y el temor o la convicción de que
ello sea imposible sin una sacudida que ponga en peligro, disminuya o
elimine el alcance de los centros de poder tradicionales, el régimen de
La Habana se empeña en afianzar la imagen de estabilidad.
El Gobierno cubano ha logrado vender esa estabilidad con éxito, por
encima de cualquier esperanza de mayor libertad para sus ciudadanos. Así
que el desfile militar cumplirá a un tiempo con la intención de
recordarle a los ciudadanos que la camiseta y la lycra con la bandera
estadounidense están bien para exhibirse, siempre que no se olvide que
su uso es un permiso concedido por Castro y no una conquista, y que
pueden ser cambiadas de un momento a otro por el uniforme de milicias,
al tiempo que brinda la oportunidad de una breve vuelta al pasado —los
tanques desfilando por la Plaza de la Revolución— como un recordatorio
del presente. El volver a sacar el armamento en desfiles también ha sido
un recurso utilizado por el gobernante ruso Vladimir Putin.
El 2 de diciembre de 2006
En pleno proceso de sucesión en Cuba, se llevó a cabo un desfile militar
por el 50 aniversario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el 2 de
diciembre de 2006.
En aquella ocasión, junto a los tres comandantes de la revolución
sobrevivientes (uno, Juan Almeida, ya falleció), Raúl Castro pasó
revista a las tropas. El rodearse de los "históricos" cumplió el fin de
mostrar a Cuba y al mundo la única prueba de legitimidad que consideraba
necesaria para asumir el poder, y no hizo más que repetir un gesto —y un
principio— asumido muchos años antes por el dictador español Francisco
Franco. Lo que vimos aquella mañana de domingo de 2006 fue una prueba de
la "legitimidad de origen" del régimen castrista.
Sin embargo, durante la dictadura franquista —y con el caudillo en pleno
dominio del mando— fue necesario superar la etapa de la "legitimidad de
origen" para dar paso a la "legitimidad de ejercicio", marcada por la
promesa de una prosperidad alcanzada mediante la inversión extranjera y
una liberalización económica que pretendió prescindir de sus
equivalentes políticos, sociales y culturales.
Sin embargo, en Cuba los tecnócratas siguen esperando su momento, ya
que, si a Raúl Castro ayer le bastó un saludo militar, para reclamar que
quienes hicieron la revolución en las montañas orientales proseguirían
al mando, incluso tras la desaparición de su hermano Fidel (que entonces
se creía inminente), 12 años después ha demostrado ser incapaz de lograr
que el país avance en el desarrollo económico, y hoy continúa reclamado
el gobernar por derecho de origen.
Recordando aquel desfile, da la impresión de que el tiempo no ha
transcurrido, y en este sentido, el panorama de la Isla resulta
desalentador para las esperanzas de una transición paulatina pero firme
hacia un gobierno democrático. En su lugar, hoy por hoy se ha reafirmado
el criterio de que las alternativas se definen entre el caos, y el
cambio traumático, y una evolución política, económica y social, en que
la elite gobernante y sus herederos impondrán contenido, ritmo y
escenario. Esa dualidad es la que, en última instancia, ha llevado a
coincidir a Washington y La Habana desde antes del llamado "deshielo" y
por encima de mandatarios demócratas o republicanos.
Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no han hecho olvidar al
Gobierno cubano que, en casi todas las naciones que han enfrentado una
situación similar, lo que ha resultado determinante, a la hora de
definir el destino de un modelo socialista, es la capacidad para lograr
que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de
supermercados y tiendas. Y por ello continúa no solo reprimiendo el
desarrollo de un pensamiento independiente, sino dosificando el avance
del sector privado dentro de la economía.
Hay dos opciones, que no necesariamente tienen que tomar en
consideración un ideal democrático. Una es el mantenimiento de un poder
férreo y obsoleto, que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a
las coyunturas internacionales y que en buena medida se sustenta en la
represión y el aniquilamiento de la voluntad individual. Otra es el
desarrollo de una sociedad que avanza en lo económico y en la
satisfacción de las necesidades materiales de la población, sobre la
base de una discriminación económica y social creciente, y a la vez
conserva el monopolio político clásico del totalitarismo, aunque puede
experimentar cierto avance hacia el autoritarismo.
De ambas opciones —y ambas, hay que repetirlo, excluyen el ideal
democrático y libertario— el Gobierno cubano parece persistir en la
primera, ya sea por añoranza, torpeza o edad para comenzar algo nuevo.
Toda esta campaña de movilizaciones militares, ejercicios bélicos de fin
de semana y un amplio desfile en la capital confirman esa incapacidad
para abandonar las trincheras de que adolece la Plaza de la Revolución.
Sin importar el despilfarro de dinero —un dato que será señalado y
recordado por políticos y votantes en EEUU, a la hora de analizar las
políticas del "deshielo"— y la pérdida de tiempo que implican estos
"juegos de guerra", Raúl Castro se limita a perpetuar el pasado: crear
nuevas imágenes de tropas en desfile, e intentar revivir aquellos
tanques rodando impetuosos por la Plaza de la Revolución o los cohetes,
amenazadores, avanzando en la Plaza Roja.

Source: Desfile después de "la batalla" - Artículos - Cuba - Cuba
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http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/desfile-despues-de-la-batalla-327731

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